jueves 8 de noviembre de 2007

MI AMOR POR VOS

Mi amor por vos me da sed; en mi boca, la fábrica de saliva se ve en aprietos por mojar unos labios que se resecan. Quisiera tener agua cerca, para calmar la angustia que me produce esa sensación de sequedad que nace al estar juntos.


Mi amor por vos me hace sudar. Me entrego a vos con todas mis energías y copiosas gotas de sudor recorren mi espalda, mi frente; si me descuido, la salmuera llega a mis ojos y me provoca lágrimas.


Mi amor por vos me acalora, me cansa, me duelen los músculos, mis viejas dolencias vuelven a la memoria. Mi amor por vos me obliga a perder peso, hace enderezar mi cuerpo y sonreírle al mundo.


Por vos me afeito, cuando he adorado mi barba, corto mi cabello, cuando lo he querido largo. Por vos cambio mis rutinas, la vida misma cambia sólo por amarte.


Mi amor por vos me ha llevado lejos, me ha mostrado el mundo, ha hecho llorar mi corazón con la más infinita tristeza y con la más inexplicable felicidad, me ha hecho morir de la risa, tantas, tantas, tantas veces, que ya he perdido la cuenta y he ganado miles de arrugas.


Mi amor por vos me ha vuelto creativo, soñador, triunfador y derrotado. Por vos mis noches se han llenado de sueños, de esperanzas; los días intensos, inmensos y los amigos que me has regalado, tan diversos, tan hermosos, tan míos, tan tuyos, tan buenos, tantos, le suman a mi amor, que es grande, una gratitud suprema.


Mi amor por vos me ha dado enojos, dolores de espalda, de cabeza, de piernas, de rodillas, insomnio, calambres, hambre, cansancio, frustraciones, pérdidas y hasta una medalla, la cual, ya vieja, se guarda en un cajón, mezclada con mis viejos recuerdos, con mi enredada historia.


Por vos soy otro y me olvido del mundo y para el mundo vivo. ¿Quién eres para entregarte tanto? ¿Quién soy yo para amarte tanto? Tu nombre es tan corto, como cortos son mis argumentos para describirte un poco. Tu nombre es corto, pero tu nombre es vida, tu nombre es DANZA.

viernes 24 de agosto de 2007

LA NIÑA DEL CANARIO EN LA MANO

Enero, un mes que suele ser de verano, estuvo salpicado de lluvias menudas algunas veces, de días grises, fríos, otras tantas y de tormentas terribles que te espantan. No fue un buen enero. Sin embargo, el día que vi la niña del canario, caminado por ese parque, hacía calor. Sudaba y me secaba el sudor con una servilleta ya casi deshecha. Salí de casa a buscar el aire fresco que podrían darme los árboles, pero de nada valió esto porque cada hoja estaba tan quieta como ese cielo azul, sin nubes blancas que ocultan los rayos quemantes del sol. Me senté en una banca. Tomé un libro y quise leer el algo. No provocaba nada de eso. No quería hacer nada más que meterme al agua o tomarme una bebida refrescante llena de hielo. Así la vi. Era una niña menuda y frágil, su cabello castaño caía con pereza en sus hombros y se deslizaba suavemente hasta la mitad de su espalda. Traía una cinta amarilla en la cabeza, vestía con un trajecito azul y en la mano tenía aquel canario amarillo y brillante como el astro que nos sofocaba con sus cálidos abrazos. Con la idea de no leer una sola página de aquel pesado libro, concentré mis energías en mirar caminar aquella niña entre los árboles del parque. Flotaba. No veía mucho movimiento es sus pequeñas piernas. Creo que todo esto era debido al encantamiento que producía en mis ojos aquel hermoso canario. La niña se acercó a mí. Me mostró el canario. Era un juguete. ¡Qué triste! Yo juraba que era real. Lo toqué por unos momentos y sentí gran tristeza de ver un hermoso animal, irreal, solamente hecho de plástico y plumas falsas de pájaro. La niña vio mi angustia y decidió alejarse. A los niños no les gustan los hombres tan serios y con cara de amargura. Pensé yo. La niña se fue caminando suavemente, alejándose de mí con su canario en la mano. Le hablaba. Le acariciaba el pico, las plumitas amarillas y la cabeza, con tanta ternura que pedí intensamente al cielo que esa criatura que veía en sus manos pudiera cobrar vida. Debes tener cuidado con aquello que pides con vehemencia, porque a los pocos segundos, el canario se soltó de la mano protectora de la niña, agitó las alas y empezó a volar.


La niña me tiró una piedra. Supongo que no fue grato para ella que un adulto soñador enviara su juguete de vacaciones definitivas al cielo. Ahora estoy en mi cama con una bolsa de hielo en mi cabeza y en mi balcón, un canario con su canto, acompaña las quejas de mi jaqueca.


jueves 9 de agosto de 2007

JINETE


Íbamos en un mismo caballo

un caballo veloz

y un suave galope

nos mecía a los dos.


De repente

detuviste el caballo

Te bajaste

y te fuiste.


Ahora estoy solo yo

Solamente este caballo y yo.


No soy buen jinete.


martes 31 de julio de 2007

NOTAS DEL MAR


El viaje me trajo notas del mar. Ahora escribo canciones con brisa, arena y calor del sol. De pronto soy pez y luego navegante, pescador y olas espumantes. Debería aprender a bucear, por lo menos a nadar, un día de estos regresar al mar y meterme entre el coral. Mis pies sólo han pisado tierra quieta, pocas veces se ha deslizado en ellos la arena, sin embargo, siento, cada vez que voy al mar, que algo de mí ha estado allí esperando siempre. Creeré entonces que he sido un humilde pescador, con la piel tostada y el alma con sabor de sal. En este sueño aparecerá un bote pequeño, en él mis redes y un amor juvenil me esperará en la playa. Con seguridad seré feliz. La felicidad se esconde en la más pequeña simpleza.


El viaje me trajo notas del mar.


Eduard Pereira J.

martes 24 de julio de 2007

FRÍO


El ventilador de mi cuarto no ha vuelto ha funcionar en los últimos días. Es extraño esto; siempre, a pesar de las fuertes tormentas su ruido permanece, el viento que provoca me arrulla y me hace dormir. Sin embargo en las noches anteriores no he querido usarlo. No me vale mi cobija, ni abrazarme a la almohada. No es precisamente que la ciudad esté más helada, es la misma, el mismo calor se concentra en el techo de madera de mi casa, siguen crujiendo las vigas y hay poco viento. Mi ventana permanece cerrada al igual que las puertas y he tenido que usar dos cobijas. No entiendo mucho esta falta de calor que tengo y la razón que me espanta el sueño.


A lo mejor este frío es sólo la ausencia de un abrazo cálido.


Eduard Pereira J.

martes 17 de julio de 2007

INVIERNO


Y todo se fue enfriando.


El calor del termostato

fue bajando a cero

como efecto

como un terrible efecto

de un terrible hechicero.


Todo fue en picada.


Fue un cambio brusco

que produjo resfriados

y trajo mareos.


Llegó el invierno.


No quiero dormir solo.

miércoles 11 de julio de 2007

LADRÓN


Le robaré al firmamento

un trozo azul

y te tendré un cielo

cuando tú estés conmigo.


Le robaré al mar

una porción de su sal

unas gotas de agua

un puñado de arena

y tendré para ti una playa serena.


Le robaré a la montaña

flores silvestres

pajaritos

y tendré para ti

la paz

la calma

del campesino.


Le robaré al desierto

su infinito

para tenerte a ti

completamente libre.


Le robaré a la ciudad

su ruido

lo esconderé en un hueco

para que puedas dormir

y sea mi silencio tu cobijo.


MÁTAME ESTA NOCHE

Así, sin más, te fuiste desmayando... primero estabas algo pálida, pero pensé que aquello era parte de tu habitual color... después te caíste. Nunca supe porque perdiste el equilibrio... Estabas en el suelo quieta y pálida y cuando te toqué estabas fría...muerta... Luego yo también caí, pero no me quedé quieto... rodé...empecé a caer por una calle empinada y cuando me acercaba a aquella punta de acero... desperté...

Siempre despierto en el momento más importante. Las primeras veces me aterraba pensar en las puntas, en las piedras, en los carros que chocaban conmigo, en los animales feroces que sólo llegaban a abrir fuerte sus fauces. Pero nunca pasó nada... siempre despertaba y no me enteraba del final de las cosas. Nunca supe que era ser atravesado por una punta al final de una calle empinada. Creía que ahora que caías y que te morías, por fin me enteraría del final de la historia. Pero ni siquiera tú, con el deseo perenne de mi muerte, lograste que me atravesaran las puntas.


Desde que nos conocemos has deseado mi muerte. Es extraño, me amas y me atacas siempre. Jamás he podido complacerte, por más que lo intente, sólo a ratos logro sacarte una sonrisa retorcida en tu rostro y eso que tienes lindos dientes. Todas mis cosas giran en torno a ti y no logro satisfacerte. Y lo peor es que en mis sueños también apareces y sólo en este último mueres. La mayoría de las veces, eres tú quien me tira a los trenes, quien me empuja por las calles buscando las puntas, quien me arroja por los más altos precipicios.


Lo más cerca que he estado de morirme en mis sueños, fue aquella vez que me disparaste, pero en los sueños no hay tal velocidad y cuando la bala lentamente se acercaba a la mitad de mi frente volví a despertar. En otra ocasión cuando iba a tomarme el veneno en la sopa, apareció ese gato que me hizo despertar... y eso que el gato era negro.


Cuando abro los ojos y te veo abrazada a mí, no creo que seas tú quien me mata en vigilia y quien me mata en sueños. Me levanto, camino un rato por la casa, saludo al perro, miro por la ventana y regreso a la cama para que vuelvas a asesinarme sin asesinarme. Me abrazo a tu espalda y enredo mis piernas en las tuyas, después busco tu mano que extraña la mía y finalmente me duermo enamorado y sin miedo.


No puedes matarme, concluyo cada mañana, me levanto sin despertarte y voy a la calle a comprarte rosas, porque quiero ver flores y olerlas, pues cuando por fin me mates, no disfrutaré de ellas como ahora.


Espero que esta noche por fin lo hagas, me estoy cansando de no morir cada mañana.


¡Mátame esta noche!


OLAS


Como olas

que estallan contra arrecifes

se vuelve espuma mi orgullo

cada vez que te busco


como olas contra un muro de desprecios

explota mi amor propio

mis aprecios

cuando me acerco a tu silencio


a veces se agita por dentro mío

un mar

y se revuelca

como queriendo estallar

y sale del fondo

un torrente de olas

que buscan incesantes

anhelantes

tu nefasta orilla de rocas

donde siempre

como siempre

se van a estrellar


como olas impertinentes son

mi insistencia de verte

mi insistencia de quererte

que cada vez vuelven a ti

sabiendo el destino de reventarse

para intentar nuevamente acercarse

con la esperanza agonizante

de por fin motivarte


lunes 9 de julio de 2007

HISTORIA DE BLUE JEAN

Recuerdo que la primera vez que la vi fue un jueves. Llegó silente y roja, completamente roja y tímida. Jamás había visto un color tan intenso y llamativo. Sensaciones extrañas erizaron cada una de mis fibras. Un raro temblor se apoderó de mí y puedo asegurar que se sacudieron incluso hasta mis botones. Conocerla, trajo variedad de sentimientos que nunca había alcanzado a experimentar en mi desteñida vida cotidiana y que aún sigo sintiendo al amarla.


Llegó con una bolsa blanca, una gran bolsa que obligó a fijar mi atención en ella. Desprevenidamente, aquel paquete, fue tirado sobre la cama, muy cerca al armario donde yo estaba, el cual, precisamente esa noche, se encontraba con la puerta abierta. Perdí toda tranquilidad al observar aquel papel costoso, esa imagen extraña dibujada en un costado y aquellas agarraderas de cordones negros que contrastaban fuertemente con el color del papel y la textura del cuarto. Pasaron horas y en el instante más inesperado la tenía justo a mi lado. Estábamos tan cerca que fácilmente nos rozábamos y sentíamos el calor del otro. Hablamos toda esa noche. Al día siguiente, todavía teníamos palabras para expresar el bienestar que nos producía el estar juntos, lo maravilloso que había sido conocernos y descubrir que ambos nos estuvimos esperando mutuamente. Aquellos momentos compartidos en mi puesto han sido los más intensos que he vivido.


Al ver que ambos combinábamos perfectamente, esa segunda noche, ya era viernes, fuimos a la mejor discoteca de la ciudad. Fue una velada maravillosa, bailar ha sido uno de los placeres que más he disfrutado con ella. Terminamos agotados, extenuados, completamente mojados de sudor y con ese infame olor a cigarrillo que nos obligó a separarnos ya casi en la madrugada. Pensé que no volvería a verla, pero el destino, amigo nuestro, volvió a reunirnos en el cuarto de ropas. Un desafortunado acontecimiento destiñó el colorido de nuestro naciente romance. La señora que se encargaba del aseo de la casa, un tanto distraída por cierto, no alcanzó a leer la etiqueta que decía: “Lávese separadamente” y los dos fuimos a parar, inocentemente, a la lavadora.


Y así, de ser trajes de viernes, pasamos a ser trajes ordinarios, pues desde ese lavado juntos, de aquel descuido involuntario, ella dejó de ser esa fabulosa camisa roja y yo me he convertido en un blue jean con manchas rosas.


Eduard Pereira J.

Septiembre de 2001