miércoles, 11 de julio de 2007

MÁTAME ESTA NOCHE

Así, sin más, te fuiste desmayando... primero estabas algo pálida, pero pensé que aquello era parte de tu habitual color... después te caíste. Nunca supe porque perdiste el equilibrio... Estabas en el suelo quieta y pálida y cuando te toqué estabas fría...muerta... Luego yo también caí, pero no me quedé quieto... rodé...empecé a caer por una calle empinada y cuando me acercaba a aquella punta de acero... desperté...

Siempre despierto en el momento más importante. Las primeras veces me aterraba pensar en las puntas, en las piedras, en los carros que chocaban conmigo, en los animales feroces que sólo llegaban a abrir fuerte sus fauces. Pero nunca pasó nada... siempre despertaba y no me enteraba del final de las cosas. Nunca supe que era ser atravesado por una punta al final de una calle empinada. Creía que ahora que caías y que te morías, por fin me enteraría del final de la historia. Pero ni siquiera tú, con el deseo perenne de mi muerte, lograste que me atravesaran las puntas.


Desde que nos conocemos has deseado mi muerte. Es extraño, me amas y me atacas siempre. Jamás he podido complacerte, por más que lo intente, sólo a ratos logro sacarte una sonrisa retorcida en tu rostro y eso que tienes lindos dientes. Todas mis cosas giran en torno a ti y no logro satisfacerte. Y lo peor es que en mis sueños también apareces y sólo en este último mueres. La mayoría de las veces, eres tú quien me tira a los trenes, quien me empuja por las calles buscando las puntas, quien me arroja por los más altos precipicios.


Lo más cerca que he estado de morirme en mis sueños, fue aquella vez que me disparaste, pero en los sueños no hay tal velocidad y cuando la bala lentamente se acercaba a la mitad de mi frente volví a despertar. En otra ocasión cuando iba a tomarme el veneno en la sopa, apareció ese gato que me hizo despertar... y eso que el gato era negro.


Cuando abro los ojos y te veo abrazada a mí, no creo que seas tú quien me mata en vigilia y quien me mata en sueños. Me levanto, camino un rato por la casa, saludo al perro, miro por la ventana y regreso a la cama para que vuelvas a asesinarme sin asesinarme. Me abrazo a tu espalda y enredo mis piernas en las tuyas, después busco tu mano que extraña la mía y finalmente me duermo enamorado y sin miedo.


No puedes matarme, concluyo cada mañana, me levanto sin despertarte y voy a la calle a comprarte rosas, porque quiero ver flores y olerlas, pues cuando por fin me mates, no disfrutaré de ellas como ahora.


Espero que esta noche por fin lo hagas, me estoy cansando de no morir cada mañana.


¡Mátame esta noche!


lunes, 9 de julio de 2007

HISTORIA DE BLUE JEAN

Recuerdo que la primera vez que la vi fue un jueves. Llegó silente y roja, completamente roja y tímida. Jamás había visto un color tan intenso y llamativo. Sensaciones extrañas erizaron cada una de mis fibras. Un raro temblor se apoderó de mí y puedo asegurar que se sacudieron incluso hasta mis botones. Conocerla, trajo variedad de sentimientos que nunca había alcanzado a experimentar en mi desteñida vida cotidiana y que aún sigo sintiendo al amarla.


Llegó con una bolsa blanca, una gran bolsa que obligó a fijar mi atención en ella. Desprevenidamente, aquel paquete, fue tirado sobre la cama, muy cerca al armario donde yo estaba, el cual, precisamente esa noche, se encontraba con la puerta abierta. Perdí toda tranquilidad al observar aquel papel costoso, esa imagen extraña dibujada en un costado y aquellas agarraderas de cordones negros que contrastaban fuertemente con el color del papel y la textura del cuarto. Pasaron horas y en el instante más inesperado la tenía justo a mi lado. Estábamos tan cerca que fácilmente nos rozábamos y sentíamos el calor del otro. Hablamos toda esa noche. Al día siguiente, todavía teníamos palabras para expresar el bienestar que nos producía el estar juntos, lo maravilloso que había sido conocernos y descubrir que ambos nos estuvimos esperando mutuamente. Aquellos momentos compartidos en mi puesto han sido los más intensos que he vivido.


Al ver que ambos combinábamos perfectamente, esa segunda noche, ya era viernes, fuimos a la mejor discoteca de la ciudad. Fue una velada maravillosa, bailar ha sido uno de los placeres que más he disfrutado con ella. Terminamos agotados, extenuados, completamente mojados de sudor y con ese infame olor a cigarrillo que nos obligó a separarnos ya casi en la madrugada. Pensé que no volvería a verla, pero el destino, amigo nuestro, volvió a reunirnos en el cuarto de ropas. Un desafortunado acontecimiento destiñó el colorido de nuestro naciente romance. La señora que se encargaba del aseo de la casa, un tanto distraída por cierto, no alcanzó a leer la etiqueta que decía: “Lávese separadamente” y los dos fuimos a parar, inocentemente, a la lavadora.


Y así, de ser trajes de viernes, pasamos a ser trajes ordinarios, pues desde ese lavado juntos, de aquel descuido involuntario, ella dejó de ser esa fabulosa camisa roja y yo me he convertido en un blue jean con manchas rosas.


Eduard Pereira J.

Septiembre de 2001


viernes, 6 de julio de 2007

EL VIENTO EN LA ISLA

Como un caballo salta el viento entre las olas y la arena. Desde una roca lo miro moverse, tan invisible y tan fuerte. Siento a veces que quiere tumbarme o llevarme con él. En este juego no quiero estar tan quieto y lo invoco, lo llamo, lo busco. Cierro los ojos y por mi boca entreabierta se escabulle aquel travieso viento e invade mi cuerpo. Siento los huesos que se vuelven aire, siento mis músculos desaparecer, mi corazón no late, silva; mi cabello desaparece, mi piel se desvanece y ahora soy un ser diferente, fuerte y sin forma. Soy viento.

El viento y yo saltamos como niños. Sacudimos las olas, levantamos la arena, movemos las velas de un barco pequeño, doblamos las palmeras de la playa y nos reímos de todos, al verlos taparse los ojos para no llenarlos de tierra. Me olvido de ellos, subo a los cielos y al estrellarme con el azul del arco iris, me acuerdo de ti. Te imagino en casa, te extraño al momento, dejo las nubes, el cielo, el arco iris, el mar, la playa, el mundo, no existe nada si no te tengo.

Levantando las basuritas que encuentro en mi camino, dejo la playa y busco tu casa en la única colina que le dio Dios a esta isla. Sacudo los árboles, toco tu puerta y al ver las ventanas abiertas, muevo las ventanas y me acerco a la cama donde duermes. Un poco de mí entra en tus oídos y llega al cerebro. Además de ser viento, me vuelvo pensamiento y en tus pensamientos habito y visito tus sueños. Al acercarme más y más al centro de todo lo que piensas, descubro que oculto, pequeño, se encuentra el espacio de nuestros recuerdos y te veo reír, te ríes en sueños, repites mi nombre y no quiero ser viento, con tu amor me basta para visitar el cielo.

Abro los ojos, meto mis manos en los bolsillos y me voy golpeando cualquier cosa que encuentro en el suelo. El viento cada vez se hace más fuerte, parece enojado conmigo, me obliga a correr y al llegar a casa, me tumba en la puerta. Me miras, te ríes, me cuentas como he invadido tu último sueño y con una taza de café en la mano, sentados junto a la ventana, vemos como inicia una tormenta.

Eduard Pereira J.

AMOR ACUOSO


Tus ojos son gotas de lluvia, miel y pasto, mar, espuma, viento y tristeza. En ellos se cruza mi nostalgia y tu amor encerrado entre cristales brillantes intenta ocultarse en su elocuencia. Te vi, te quise para siempre. Me viste y tus ojos alumbraron como lo hacen cada vez que podemos vernos. Siento tu enojo y tu impotencia. La fuerza de lo que sientes se acrecienta con el tiempo y la llama de tu amor, mezclado con el mío, hace que el agua se evapore.

Hoy estoy hablando mucho. Generalmente encierro mis pensamientos en sutiles miradas. Pero me canso, me agoto siempre. Quiero tenerte, quieres tenerme y es imposible hacerlo. Hablamos. Gritamos. Nadie escucha. Nadie entiende. Nadie comprende. ¿Quién podría concebir amor en todo esto, si nuestras palabras se las come el viento y sólo entre nosotros se permiten los acentos?


Nado en ideas terribles. Me invade la tristeza. Navego en mi pequeño y estrecho mundo donde no estás tú, pero te siento y algo adentro se estremece. Pequeñas lagrimitas sueltan mis ojos chocolate y sufro al amarte, saber que me amas, pero no es posible estar juntos. A lo mejor algún día, el destino logre juntar nuestras aguas y podamos nadar en la misma pecera.


Es triste ser un pez que muere por estar en la pecera del frente.


Eduard Pereira J.

Junio de 2007