viernes, 6 de julio de 2007

EL VIENTO EN LA ISLA

Como un caballo salta el viento entre las olas y la arena. Desde una roca lo miro moverse, tan invisible y tan fuerte. Siento a veces que quiere tumbarme o llevarme con él. En este juego no quiero estar tan quieto y lo invoco, lo llamo, lo busco. Cierro los ojos y por mi boca entreabierta se escabulle aquel travieso viento e invade mi cuerpo. Siento los huesos que se vuelven aire, siento mis músculos desaparecer, mi corazón no late, silva; mi cabello desaparece, mi piel se desvanece y ahora soy un ser diferente, fuerte y sin forma. Soy viento.

El viento y yo saltamos como niños. Sacudimos las olas, levantamos la arena, movemos las velas de un barco pequeño, doblamos las palmeras de la playa y nos reímos de todos, al verlos taparse los ojos para no llenarlos de tierra. Me olvido de ellos, subo a los cielos y al estrellarme con el azul del arco iris, me acuerdo de ti. Te imagino en casa, te extraño al momento, dejo las nubes, el cielo, el arco iris, el mar, la playa, el mundo, no existe nada si no te tengo.

Levantando las basuritas que encuentro en mi camino, dejo la playa y busco tu casa en la única colina que le dio Dios a esta isla. Sacudo los árboles, toco tu puerta y al ver las ventanas abiertas, muevo las ventanas y me acerco a la cama donde duermes. Un poco de mí entra en tus oídos y llega al cerebro. Además de ser viento, me vuelvo pensamiento y en tus pensamientos habito y visito tus sueños. Al acercarme más y más al centro de todo lo que piensas, descubro que oculto, pequeño, se encuentra el espacio de nuestros recuerdos y te veo reír, te ríes en sueños, repites mi nombre y no quiero ser viento, con tu amor me basta para visitar el cielo.

Abro los ojos, meto mis manos en los bolsillos y me voy golpeando cualquier cosa que encuentro en el suelo. El viento cada vez se hace más fuerte, parece enojado conmigo, me obliga a correr y al llegar a casa, me tumba en la puerta. Me miras, te ríes, me cuentas como he invadido tu último sueño y con una taza de café en la mano, sentados junto a la ventana, vemos como inicia una tormenta.

Eduard Pereira J.

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