viernes, 24 de agosto de 2007

LA NIÑA DEL CANARIO EN LA MANO

Enero, un mes que suele ser de verano, estuvo salpicado de lluvias menudas algunas veces, de días grises, fríos, otras tantas y de tormentas terribles que te espantan. No fue un buen enero. Sin embargo, el día que vi la niña del canario, caminado por ese parque, hacía calor. Sudaba y me secaba el sudor con una servilleta ya casi deshecha. Salí de casa a buscar el aire fresco que podrían darme los árboles, pero de nada valió esto porque cada hoja estaba tan quieta como ese cielo azul, sin nubes blancas que ocultan los rayos quemantes del sol. Me senté en una banca. Tomé un libro y quise leer el algo. No provocaba nada de eso. No quería hacer nada más que meterme al agua o tomarme una bebida refrescante llena de hielo. Así la vi. Era una niña menuda y frágil, su cabello castaño caía con pereza en sus hombros y se deslizaba suavemente hasta la mitad de su espalda. Traía una cinta amarilla en la cabeza, vestía con un trajecito azul y en la mano tenía aquel canario amarillo y brillante como el astro que nos sofocaba con sus cálidos abrazos. Con la idea de no leer una sola página de aquel pesado libro, concentré mis energías en mirar caminar aquella niña entre los árboles del parque. Flotaba. No veía mucho movimiento es sus pequeñas piernas. Creo que todo esto era debido al encantamiento que producía en mis ojos aquel hermoso canario. La niña se acercó a mí. Me mostró el canario. Era un juguete. ¡Qué triste! Yo juraba que era real. Lo toqué por unos momentos y sentí gran tristeza de ver un hermoso animal, irreal, solamente hecho de plástico y plumas falsas de pájaro. La niña vio mi angustia y decidió alejarse. A los niños no les gustan los hombres tan serios y con cara de amargura. Pensé yo. La niña se fue caminando suavemente, alejándose de mí con su canario en la mano. Le hablaba. Le acariciaba el pico, las plumitas amarillas y la cabeza, con tanta ternura que pedí intensamente al cielo que esa criatura que veía en sus manos pudiera cobrar vida. Debes tener cuidado con aquello que pides con vehemencia, porque a los pocos segundos, el canario se soltó de la mano protectora de la niña, agitó las alas y empezó a volar.


La niña me tiró una piedra. Supongo que no fue grato para ella que un adulto soñador enviara su juguete de vacaciones definitivas al cielo. Ahora estoy en mi cama con una bolsa de hielo en mi cabeza y en mi balcón, un canario con su canto, acompaña las quejas de mi jaqueca.


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