miércoles, 7 de diciembre de 2016

Entre los dedos
Género: Cuento
Páginas: 112
Año de publicación: 2016


A diferencia de las fábulas antiguas que procuraban la enseñanza, las de Eduard sueñan, juegan y aman, son parte de su naturaleza. Es como si respirara ensueños. De un lado está la realidad que vive y sobrelleva, incluso con entereza, y de otro lado están los sueños que ocupan su ser todo el tiempo, de modo que cuanto ocurre pasa por su imaginación, adquiere el traje de los símbolos y se ofrece como un sueño tejido desde la vigilia. A Eduard le nacen fábulas según el ritmo de los latidos de su corazón.
Luis Fernando Macías – Escritor y Profesor de la Universidad de Antioquia.



Trotando a la luna


Uno, dos y un salto. Uno, dos, tarará. Así caminaba Julio Berlier, como bailando. Aunque él era un hombre adulto, tenía toda la dulzura de un niño. Esa mañana se levantó a trabajar con el mismo sueño de todos los días: quería que alguien construyera un puente entre la tierra y la luna, subirlo trotando e instalarse en ella. Llevaba mucho tiempo con esa idea en la cabeza y estaba seguro que ahora tenía que concretarse. Lo daba por hecho. Como vio la cosa tan obvia, tomó medidas para que el viaje no lo pillara por sorpresa. 


Por lo que Julio sabía de la luna, algunas cosas debían considerarse para evitar complicaciones. La imaginaba fría y oscura. Dos puntos que no podía pasar de largo, de modo que antes de entrar a su oficina, pasó por un almacén y compró dos grandes abrigos y una colección de pilas para su linterna. Le inquietó que al final las baterías se fueran agotando, pero se tranquilizó al pensar que, si él era un hombre que se acomodaba fácil a los cambios, se habituaría a la poca iluminación de la luna y que incluso aquellas chaquetas estarían de más. ¿Por qué preocuparse por el frío, si Julio Berlier siempre sufría de calores?

Trabajó con entusiasmo, con una alegría que si bien era propia en él, esta vez estaba más desbordante. Cantaba, sonreía, se podría decir que casi bailaba al caminar. Uno, dos, un salto y un meneo en la cadera al final. Uno, dos, un salto y una levantada de rodilla. Uno, dos, un salto y un giro (esto último cuando no lo veía nadie). Dejó todo programado como quien se va de vacaciones, ordenado, en su punto y se fue a casa. 


El cielo estaba despejado, una enorme luna se mostraba orgullosa y Julio Berlier la miraba por su ventana mientras tomaba un par de libros. No podía viajar sin ellos. Hizo una maleta con sus dos abrigos, un par de chancletas de felpa, un tarro enorme con agua de sabor a granadilla, pan, jamón y queso; se la puso al hombro y con zapatos de caminante salió hacia el muelle.  Allí estaba el puente: unía el reflejo de la luna en el mar con la luna misma.  Ni siquiera se sorprendió. Ya lo daba por hecho. Uno, dos y un salto. Uno dos y un salto. Uno, dos, tarará. Cuando menos pensó estaba bien sentado en la luna mirando a la tierra como si la tierra fuera otra luna también.


No pasó una semana. Al terminar de comerse el último trozo de pan con queso y con ganas de hogar instaladas en su corazón; empacó lo que había llevado; leyó la última página del libro que no había tenido ocasión de leer en la tierra y regresó por el mismo puente por donde había subido. Uno, dos y un salto. Uno, dos y un salto. Uno, dos, tarará,  y ya estaba en su casa comiéndose un trozo de melón, pensando que ya era hora de hacer un viaje al fondo del mar o quizá al centro de la tierra.


Relato publicado en el libro Entre los dedos, septiembre de 2016.